Trump defiende a los cristianos perseguidos


Los cristianos del Medio Oriente, hasta ahora martirizados, perseguidos, dispersados ​​e ignorados por todos, por fin tienen un defensor.


No se encuentra en el Vaticano, sino en Washington, precisamente en la Casa Blanca. El Presidente Donald Trump ha firmado, de hecho, el Iraq and Syria Genocide Relief and Accountability Act (HR390), es decir, una ley que reconoce el “genocidio” en curso en Iraq y Siria, perpetrado por grupos yihadistas contra los cristianos y los yazidíes.


Es una ley que obliga formalmente al gobierno estadounidense a ayudar a estas poblaciones, también con proyectos humanitarios que defiendan a las minorías religiosas y aporten estabilidad en esas áreas. Además, esta ley permite que la administración de los Estados Unidos intervenga contra quienes persiguen a estas minorías, dando caza a los terroristas, que cometen los crímenes más atroces.


El acto solemne de la firma de Trump produjo gran alegría entre los cristianos de Oriente Medio y los estadounidenses, junto con sus obispos.


En cambio, la reacción en los círculos del Vaticano ha sido gélida: es el Vaticano del Papa Francisco, donde Trump es detestado, donde no se mueve un dedo por los cristianos perseguidos y donde, en cambio, se prefiere fomentar -de manera cotidiana y obsesiva- las migraciones en masa (especialmente de musulmanes) en Italia y Europa.


El cinismo del Vaticano bergogliano con respecto a los cristianos perseguidos se hizo evidente en una reciente declaración del secretario de Estado de Francisco, el cardenal Parolin, una declaración que es increíble.


Según informó la Agencia de los Obispos de Italia, SIR, a Card. Parolin se le preguntó sobre la tragedia de Asia Bibi, la mujer pakistaní, madre de cinco hijos, que, por su fe católica, había sido acusada falsamente de blasfemia. Asia ha soportado casi una década de dura prisión por negarse a convertirse al Islam, ha sido condenada a muerte en dos instancias de juicio y, finalmente, fue absuelta por el Tribunal Supremo de Pakistán.


Como es bien sabido, la mujer y su familia ahora viven perseguidos por fanáticos y su esposo ha solicitado asilo político en varios países. La familia es muy pobre y corre mucho peligro en Pakistán.


Pues bien, el Card. Parolin, el número 2 de la Iglesia de Francisco, cuando se le preguntó acerca de este caso, que ha conmovido e indignado al mundo entero, dijo que en la actualidad no hay ninguna actividad diplomática por parte de la Santa Sede en favor de Asia Bibi y su familia. Luego agregó textualmente: “Es un problema interno de Pakistán, espero que se pueda resolver de la mejor manera”.


Es como decir: ¿a quién le importa?, no nos incumbe. La desconcertante declaración del hombre clave del Vaticano escandalizó a muchos, aun habiendo pasado silenciosamente por los medios de comunicación. De hecho, las graves violaciones de los derechos humanos nunca son un asunto interno de un régimen, sino que ponen en tela de juicio a todos los hombres y a todos los pueblos. Esto se proclama en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos del Hombre”, de la que el mundo ha celebrado su setenta aniversario en estos días (desde su aprobación en la ONU).


Pero, sobre todo, es desconcertante que sea la cúspide de la Iglesia quien se lave las manos tan descaradamente sobre la suerte de una mujer condenada a muerte por su fe católica y hoy amenazada junto a toda su familia. Estas son palabras inauditas que dejan de lado también al Evangelio, así como el simple sentido de la humanidad.


Por desgracia, la elección de este pontificado parece ser la de no molestar a los regímenes que persiguen a los cristianos, “sacrificando”, en el abrazo con los dictadores, los derechos fundamentales de los perseguidos por su fe: también lo demuestra el reciente acuerdo del Vaticano con el régimen comunista chino, que ha escandalizado tanto a los católicos perseguidos de China como a los católicos del mundo libre.


Por otra parte, el mismo cardenal Parolin -contradiciéndose descaradamente- ha hecho luego otra declaración desconcertante.


Entrevistado por Rai News el 13 de diciembre sobre el Global Compactde la inmigración, ha sostenido, en nombre del Vaticano, que “poder migrar es un derecho”, mientras que, para los estados como Italia, “el derecho de no acoger, no existe”.


Tal idea, grotesca en sí misma hasta casi el ridículo (además de inquietante), destruye la soberanía de cualquier estado; porque si un estado no puede controlar sus fronteras y se ve obligado a someterse a una inmigración masiva, ya no existe como tal estado.

Basta pensar en Italia, que debería resignarse, sin poder hacer nada, a la inmigración potencial en su territorio de cientos de millones de personas procedentes de África. Realmente sería una invasión, y con efectos apocalípticos.


El aspecto surrealista de las posiciones expresadas por el número 2 de Francisco es el siguiente:

"Mientras el Vaticano pretende no perturbar a los regímenes en los que se violan los derechos humanos fundamentales (porque son asuntos internos), el Vaticano mismo niega a los países libres y democráticos ejercer una prerrogativa fundamental, la de controlar las propias fronteras, y decidir si y qué políticas migratorias poner en practica".


Todo esto, por otra parte, mientras el Vaticano, rodeado de altos muros, es el único estado que no ha acogido y no acoge a ningún inmigrante ni a ningún refugiado. Tampoco acogen a la familia de Asia Bibi que, por ser de fe católica, está seriamente en riesgo. Sin embargo, más allá del río Tíber, también hay grandes palacios y apartamentos de lujo, ocupados por prelados que luego hacen sermones a otros sobre el deber de la acogida.


Jesús tronaba así contra algunos miembros del poder religioso de su tiempo: “Hace y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuesto a mover un dedo para empujar”. (Mt 23, 3-4).


Uno tiene la clara sensación de que a este Vaticano incluso le importan bastante poco los inmigrantes, pero los usa ideológicamente de acuerdo con la agenda Obama, que se convirtió en la agenda de la ONU. En la misma dirección que el Global compact for migration, que produciría una desestabilización global, golpeando la soberanía de los Estados y las identidades de los pueblos.


Para Italia, para Occidente y para la Iglesia, las posiciones de Francisco son devastadoras. También en el Global Compact -como con los cristianos perseguidos–, menos mal que está Trump.




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