McCarrick habría abusado de una de sus víctimas en el confesionario durante años



El aún arzobispo emérito de Washington, ex cardenal Theodore McCarrick, habría abusado sexualmente de una de sus víctimas -de 11 años cuando se iniciaron los abusos- en el propio confesionario.


El caso del depredador sexual Theodore McCarrick, que fuera el verdadero ‘hacedor de reyes’ en la jerarquía católica norteamericana durante décadas y fue empleado incluso en el retiro por el Papa Francisco en delicadas misiones diplomáticos, se agrava por momentos. Grein acaba de testificar ante el vicario judicial de la Diócesis de Nueva York que el ex cardenal abusó sexualmente de él durante años, desde que la víctima tenía 11 años, incluso durante la confesión.


Grein fue la víctima cuyo testimonio en julio fue tenido por “creíble”, desencadenando el escándalo que llevó, primero, a la pérdida del capelo cardenalicio del anciano prelado y a su confinamiento en un convento, presuntamente dedicado a una vida de oración y penitencia, alado de un colegio de niños y más tarde al explosivo testimonio del arzobispo Carlo María Viganò, ex nuncio en Estados Unidos y de este diacono Jorge Sonnante, que acusaron al Papa y a la Curia de conocer la vida sexualmente escandalosa de McCarrick.


Los nuevos cargos agravan considerablemente la acusación de pedofilia desde el punto de vista canónico, ya que el pecado de solicitación -el uso del sacramento de la penitencia para lograr favores sexuales- convierte el abuso en sacrilegio.


Según el testimonio de Grein, McCarrick, viejo amigo de su familia que incluso bautizó a la acabara siendo su víctima, solía subir al piso de arriba de su casa para confesarle antes de celebrar misa privada. Y los abusos sexuales, asegura, se producían prácticamente en cada ocasión, algo que ha creado terroríficas asociaciones en la mente de James entre el sacramento y los abusos. “La gente es muy vulnerable en el confesionario”, recuerda Patrick Noaker, abogado de Grein. “Si manipulas eso y lo sexualizas, resulta emocionalmente devastador”.


El escándalo McCarrick -que ha negado los cargos a través de sus abogados- supuso un mazazo para la credibilidad de la política de ‘tolerancia cero’ con los abusos sexuales de clérigos anunciada por el Papa Francisco al principio de su pontificado, más a medida que se ha ido sabiendo que el prelado se prevalía de su autoridad para mantener relaciones sexuales con seminaristas y jóvenes sacerdotes, a los que a menudo llevaba a una casa de la playa pagada por los feligreses.


Lo que es peor: que todos parecían conocer las andanzas homosexuales y no demasiado discretas del poderoso príncipe de la Iglesia salvo, curiosamente, sus colegas en el episcopado, incluyendo casos de inadvertencia verdaderamente singulares como el de Kevin Farrell, hoy prefecto del Dicasterio para la Familia y la Vida, que vivió durante seis años en la misma residencia en Washington que el defenestrado cardenal.


Después de que Viganò, aun hoy en paradero desconocido, acusara al Santo Padre y a miembros de la Curia de conocer el caso de McCarrick y ocultarlo, el propio cardenal canadiense Marc Ouellet, en una carta desmintiendo supuestamente al ex nuncio, admitía que la vida desordenada del ex cardenal era ampliamente conocida en Roma.

Pretende Viganò en su testimonio que Benedicto XVI habría impuesto como sanción privada al entonces cardenal que se retirara de la vida pública, lo que no hizo en absoluto. Sea o no cierta esa sanción, lo que es indudable es que el Vaticano prescindió de sus servicios y dejó de valerse de sus dotes diplomáticas hasta la llegada al Solio Pontificio de Francisco, que lo empleó en varias delicadas misiones diplomáticas en Arabia Saudí, Irán, Armenia y, sobre todo, China.


En estos momentos, el Vaticano está sometido a fuertes presiones para que concluya el juicio canónico contra el ex cardenal antes de iniciar la reunión especial de obispos que el próximo febrero habrá de dar una solución universal al asunto de los escándalos sexuales en el clero y, sobre todo, al encubrimiento de los mismos por parte de los superiores eclesiásticos.

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